Amílcar Barca llego procedente de Cartago
junto con su yerno Asdrúbal y sus tres hijos Asdrúbal, Magón, y Aníbal, a
España y más concretamente a la ciudad de Mastia,
(actual Cartagena), fundando Asdrúbal en esta, la nueva ciudad de Qart-Hadast, como capital del nuevo
imperio en Hispania. Aníbal centralizó en Cartagena las riquezas obtenidas en
las campañas, propuestas tanto para sujetar a las tribus que rodeaban el
naciente imperio del sudeste de Hispania como para obtener soldados para sus
ejércitos así como medios económicos para garantizar la campaña contra Roma que
preparaba.
Seguramente el plan de la Segunda Guerra
Púnica fue elaborado por Amílcar y Asdrúbal, de quien Aníbal fue lugarteniente,
que facilitó los medios con la fundación de Cartago Nova y el dominio del litoral.
De esta forma pudo plantear Aníbal su marcha sobre Roma. En el año 219 a.C.
ocupó y destruyó Saguntum, única
ciudad al sur del Ebro que permanecía fiel a Roma, con lo que obligó a los
romanos a declarar la guerra. Aníbal regresa a Cartago Nova para dar descanso a
sus tropas tras el largo sitio y preparar el gobierno de los dominios Hispanos
que quedaron al mando de su hermano Asdrúbal, tras dejar a Magón como jefe de
la capital, debiendo suponer que la conquista de Saguntum dejaba franco el camino terrestre hasta la propia capital
romana.
Desde Cartago Nova se seguirían con
interés los progresos de la marcha de Aníbal por los caminos de la costa,
pasando el Ebro hasta atravesar los Pirineos. Quedaban en Cartago Nova 57
navíos, 2.650 jinetes libio-fenicios, mauritanos y númidas y 12.700 infantes
africanos, ligures y baleáricos, con veintiún elefantes. Frente a su ejército
se preparaba en Italia un contingente de 273.000 ciudadanos además de un
crecido número de reservistas.
Mientras tanto, los romanos asumieron la
audaz iniciativa de atacar a los cartaginenses en Africa y España enviando a
Cornelio Escipión sobre los dominios hispanos. Escipión fue derrotado en la batalla
del Tesino, lo que valió a Aníbal el
concurso y apoyo de numerosos galos. El grito de “Hannibal ad portas” hacía
presagiar la catástrofe total que sería celebrada jubilosamente en la lejana Qart-Hadast.
Aníbal progresaba decididamente hacia el
sur de Italia, y el Senado romano enviaba a Escipión a Hispania, mientras la
política de batallas decisivas que equivocadamente plantearon los romanos dio
lugar a la resonante victoria de Cannas,
con movimientos envolventes cartaginenses que arrollaron las fuerzas romanas
que sufrieron el mayor desastre de su historia en la llanura al pie de la
ciudad: 45.000 muertos y 20.000 prisioneros infundieron pánico en Roma; apulos,
lucanos y bruttios se asociaron a Aníbal y en la ciudad se practicaron
sacrificios humanos para aplacar la ira de los dioses, mientras Aníbal se
dirigía a Capua, que abandonaba su alianza con Roma, para montar sus cuarteles
de invierno el año 216 a.C. y terminar en “sus delicias” la gran marcha sobre
Roma.
No obstante, Fabio Maximo Cunctator,
partidario de campañas de desgaste inesperadas para la mente helenística de
Aníbal, atosigó a las tropas de Aníbal con una política de tierra quemada. En Cartago
Nova se estaba lejos de suponer que la triunfal campaña conduciría al fracaso
absoluto y que Escipión, que ganaría más tarde el sobrenombre de Africano, la
atacaría y ganaría en una asombrosa marcha el año 209 a.C.; la dispersión de
los ejércitos en distintos puntos de la península confirman esta confianza, más
cuando el padre y tío de Publio Cornelio Escipión habían sido vencidos y
muertos en Ilorci (Lorquí). El resto
de la guerra se contempló desde una Cartago Nova romana.
Cartago Nova, que quedó desguarnecida por
imaginar que su fortaleza la ponía a resguardo de cualquier ataque y no
obstante fue conquistada por Escipión en una operación que antecedió en siglos
a la Blitzkrieg moderna. Roma, que había pensado en su próximo fin al gritar
“Hannibal ad portas”, respondía con astucia al audaz paseo militar de los
cartaginenses atravesando los Pirineos y venciendo en Trebia, Tesino, Trasimeno y Cannas, enviando un importante ejército a Hispania, el año 218,
para cortar los aprovisionamientos de Aníbal, contando con la alianza de las
atemorizadas colonias griegas del litoral.
La victoria naval de Cissa sobre los cuarenta barcos armados en el arsenal cartaginense
dejó a los romanos libre el camino hacia Saguntum.
Durante el año 216 a.C., los arsenales de la capital debieron trabajar
ininterrumpidamente en la preparación de naves ordenada por Asdrúbal para mantener
libre la comunicación por mar con Aníbal. Hasta el año 212 a.C., los Escipiones
habían llegado a saquear la comarca de Cartago Nova, pero fueron derrotados y
muertos el 211 a.C. El ejército cartaginés pasó el invierno del año 210 en Cartago
Nova, dispersándose luego las fuerzas (en la creencia de que la potencia de
Roma en Hispania se había hundido).
Publio Cornelio Escipión, hijo del
derrotado y muerto Publio, llegó a España en el otoño del año 210 con el cargo
de procónsul. Desechando el plan de atacar a cada uno de los cuerpos de
ejército cartaginenses, que es lo que, probablemente, esperaba el enemigo,
decidió un atrevido plan, el de atacar la propia capital supuestamente
inexpugnable en una operación por sorpresa. Unos pescadores de Tarraco le
documentaron sobre la existencia del estero o albufera y el mecanismo de
comunicación con el mar, en relación con las mareas, así como de su carácter
pantanoso y de la posibilidad de vadearlo en algunos puntos, especialmente al
retirarse la marea a la caída de la tarde.
![]() |
Cartago Nova |
El campamento de Escipión quedó en el
actual barrio de Santa Lucía, probablemente en la falda del Cabezo de los
Moros. Después de ocupadas las posiciones, dio orden a Cayo Lelio para que
bloquease la ciudad por el lado del mar. Dos mil ciudadanos, escogidos entre
los mejores, fueron armados y situados en la puerta del istmo, frente al
campamento romano. Los hombres de armas eran solamente mil y se dividieron en
dos destacamentos. Finalmente, quedaban varios contingentes de ciudadanos
armados dispuestos a acudir a los puntos de las murallas o puertas donde fueron
requeridos.
El
primer encuentro se verificó por iniciativa cartaginesa entre las fuerzas
romanas de las que quedaron formadas en el istmo y la guarnición de la puerta,
que, anticipándose al ataque, cayó sobre los soldados de Escipión, resistiendo
éstos la salida hasta que los atacantes volvieron a refugiarse detrás de las
murallas. Escipión, que vigilaba el desarrollo de los acontecimientos desde lo
alto del Cerro de los Moros o monte de Mercurio, observando que en muchos
puntos las murallas habían sido desguarnecidas, ordenó el asalto con escalas,
dirigiéndolo él mismo. La narración de Polibio y Livio no hace sino disfrazar
un desastre romano, escudándose en la gran altura de los muros, que hicieron
gran mortandad, hasta que Escipión se vio obligado a ordenar la retirada.
Mientras tanto había atacado la escuadra, desde el mar, “con más tumulto que
éxito”, como escribió Tito Livio. Ocurrió entonces la maniobra que había de dar
el triunfo a Escipión, y que probablemente tenía ya preparada, al ser rechazado
el ataque frontal, para atraer la atención de los sitiados sobre la puerta y
que se desguarneciesen otras defensas de la muralla.
Había ordenado un nuevo ataque con
escalas, valiéndose de las tropas de refresco, atacando por todos los puntos
simultáneamente. Quinientos hombres, también provistos de escalas, estaban
preparados por la parte del estero. Cuando las aguas del estanque seguían ya el
movimiento natural de la marea, quedando tan descubiertos los vados que en
algunos puntos los soldados solamente tenían agua hasta la cintura. De esta
forma los quinientos hombres “atravesaron la laguna sin trabajo”, y hallando
desiertas las almenas se apoderaron del muro sin sacar la espada, “la muralla
en aquel punto no estaba fortificada porque la naturaleza del terreno y la
barrera de agua las había hecho considerar inexpugnable”. Los soldados que subieron
por las escalas hasta el remate de la muralla corrieron por el camino de ronda
hasta la puerta no muy lejana, (mientras que los que atacaban la puerta
formaban la tortuga con los escudos y trataban de abrirla despedazándola con
hachas y azuelas), y una vez allí, atacando por la espalda a quienes la
defendían, lograron abrirla aunando sus esfuerzos con los de fuera. Los que
entraron por la puerta (en orden de batalla, con sus jefes y sin dejar las
filas, según Livio) tomaron el monte Esculapio, llegando hasta el foro. Para
atemorizar a los habitantes se ordenó un degüello general que solamente cesó,
sustituido por el saqueo, cuando se rindió Magón.
De esta forma casi inverosímil, con sólo
dos días de asedio, se tomó la plaza más fuerte del Mediterráneo, en el año 209
a.C., en la primavera, hacia el mediodía. La caída de Cartago Nova significa el
principio de la decadencia cartaginesa, el fracaso de la gran operación de
Aníbal y el que cuatro años más tarde, con la entrega de Cádiz, los romanos
destruyeran la potencia del Imperio cartaginés en Hispania.
El botín obtenido fue inmenso: 120
catapultas de las más grandes y 281 de las pequeñas; 23 balistas grandes y 52
pequeñas; extraordinario número de escorpiones grandes y pequeños, de armas
ofensivas y defensiva, y 72 enseñas. Además, grandes cantidades de oro y plata
en pasta; 276 pateras de oro, casi todos de una libra de peso (325 g); 18.300
libras de plata trabajada o acuñada y gran cantidad de vasos de plata. Se
apoderaron los romanos además de 40.000 modios de trigo y 270.000 de cebada. En
el puerto fueron capturadas 63 naves, algunas con su cargamento, compuesto de
trigo, armas, cobre, hierro, velas, cordajes de esparto y otros materiales
necesarios para el equipamiento de las flotas. Los prisioneros fueron cerca de
10.000, dejando en libertad a los que eran de Cartago Nova, aunque no sabemos
si esta referencia puede aludir a los mastienos; unos 2.000 artesanos fueron
declarados siervos públicos o esclavos del pueblo romano y se les prometió la
libertad, y los demás fueron destinados a reforzar las tripulaciones de la
flota; se capturaron además unos 300 rehenes de diversos pueblos y se les
devolvió la libertad para que volvieran a sus lugares de origen cantando la
generosidad de los romanos.
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